La Covid-19 golpeó fuerte, lastimó en lo más intrínseco y poco valorado de la sociedad, nuestra rutina. Sin embargo, en medio de semejante debacle epidemiológico, no fueron pocos los que más de una vez clamaron por volver a hacer aquello a lo que tanto estaban acostumbrados y normalmente daban por sentado. Sacar a pasear tu amada mascota, jugar en un parque, desarrollar una sesión de fotos improvisada o simplemente relajarte disfrutando en familia de un natural y magnífico atardecer.

La cultura mainstream, esa que tanto nos absorbe y cautiva, lleva años haciendo simulacro de enajenación social por causas externas en sus más prolíficos proyectos, una catástrofe zombie, una invasión extraterrestre y el tan repetido (y nunca concretado) fin del mundo.

Sin embargo, fue el coronavirus capaz de ponernos en jaque y demostrar que por mucha teoría desarrollada en libros sobre epidemiología y control de pandemias realmente nunca estuvimos preparados.

Ahora, cuando aún lamentamos la partida de tantos, agradecemos el esfuerzo de muchos y vislumbramos la anhelada calma al final de la tormenta, la sociedad se enfrenta a un complejo dilema, ¿acaso volveremos a ser los mismos?

Cuestiones tan aparentemente sencillas como volver a estrechar una mano amiga, abrazar aquel compañero que llevamos meses sin ver o conversar frente a frente con un extraño que intenta saldar una duda se vuelve una querella interna, dudas y encuentras extraño aquello que tan rutinario era.

El ser humano es considerado un ente biopsicosocial, su salud no solo depende del correcto funcionamiento de sus órganos vitales, es indispensable una relación adecuada con su medio y herramientas psicológicas que permitan sobreponerse a las dificultades del día a día. El confinamiento ha puesto en entredicho todos los aspectos del entretenimiento, ha obligado a replantearse aspectos básicos de la gestión de trabajo, ha generado expectativas y adeptos a la nueva economía digital.

Sin embargo, aún cumpliéndose el más húmedo de los sueños de todo estudiante, tener meses y meses de calor hogareño ha generado un sinfín de conflictos psicológicos, por no hablar de la tan preocupante sintomatología postcovid.

Todo sistema de salud tiene bien definido las regulaciones respecto a la emisión de certificados médicos, sin embargo, es evidente que ante la panorámica actual y la dinámica variable del proceso salud-enfermedad a raíz de la pandemia estas deben ser revisadas, porque la determinación de cuando un trabajador es apto para incorporarse o en que condiciones debe hacerlo, generalmente está sujeto a cuestiones subjetivas.

Volviendo al tema que nos ocupa, ¿en qué momento estamos psicológicamente aptos para continuar con la vida normal?

Papel imprescindible juega la familia, núcleo social donde todos nos desarrollamos y crecemos, siempre ha de ser el colchón principal ante nuestros temores, complementado con una atención psicológica adecuada y la reinserción poco a poco a nuestros antiguos modos de vida.

¿Será sencillo? Para nada. Sin embargo, debemos ser capaces de reutilizar todo lo aprendido, tomar de este período sus enseñanzas, evolucionar y actualizar, no dejar ir la cercanía creada hacia nuestros medios tecnológicos (siempre en función del aprendizaje y el desarrollo personal) pero redireccionarnos hacia la normalidad, armarnos de metas y visualizar objetivos, superando poco a poco todo obstáculo biológico, psicológico y social.


Imagen original de Sumanley xulx

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