En una meseta situada en el este del estado interior de Goiás se ubica la que desde la segunda mitad del siglo XX, es la capital del Brasil.

Su nombre es tal vez de los más fáciles de aprender. Brasilia, un nombre fácil de recordar, como Alger, la capital de Algeria. Lejos quedan esos complicados nombres casi impronunciables como Antananarivo (Madagascar) o Sri Jayewardenepura (Sri Lanka).

Su nacimiento se une al denominador común que comparten otras ciudades como Canberra en Australia o Islamabad en Pakistán; fueron concebidas, diseñadas y construidas para ser las nuevas capitales de sus respectivos Estados.

La capital brasileña fue alzada en 1956 bajo el mandato del socialista Juscelino Kubitschek de Oliviera, antes de los veintiún años marcados por la dictadura militar (1964-1985).

El diseño urbanístico corrió a cargo de Lúcio Costa y el diseño arquitectónico a cargo de Oscar Niemeyer. Sus ideas fueron las ganadoras de un concurso en el que se recogieron ideas para fundar una nueva capital para el gigante sudamericano.

La ciudad se construyó en el centro del país bajo la idea de que todo el mundo tuviera la capital brasileña un poco más cerca, algo que no podía cumplirse bajo las capitalidades de Salvador de Bahía o Río de Janeiro, ubicadas en la costa.

Una ciudad utópica sin clases, segura, bonita y ubicada en el centro con el objetivo de dinamizarlo. Lástima que esta pretensión de ciudad maravilla terminase por alejarse de la realidad del pueblo brasileño y de sus necesidades.

Brasilia es un claro ejemplo de aquella frase tan sonada de “al principio parecía buena idea”.

Vista desde el cielo, el centro neurálgico de la ciudad (conocido como Plano Piloto) parece una especie de pájaro o avión. Aunque Costa atribuyera su forma a las exigencias del terreno, no han sido pocos los que han visto una calculada simbología, una manera de entender que bajo esta nueva capital y la esperanza de un futuro mejor, Brasil empieza a despegar.

Estos dos ejes urbanos que se cruzan se conocen como el eje residencial y el eje monumental. En la cabeza del segundo, la Praça dos Três Poderes, donde se encuentra el Congreso (poder legislativo), el Tribunal Supremo Federal (poder judicial) y el Palacio de Planalto (poder ejecutivo).

La residencia presidencial, el Palacio de la Alborada, se encuentra un poco más alejado de la urbe. En este eje monumental también se encuentran edificios culturales, hoteleros, bancarios y empresariales.

La idea de Costa de construir una ciudad debidamente organizada y seccionada por zonas, fue una realidad. Brasilia tiene una zona donde vivir, una zona donde trabajar y una zona para entretenerse.

Sin embargo, esa concepción nunca ha terminado de cuajar del todo.

La capital brasileña se basaba en un planteamiento rompedor e innovador, pero el paso del tiempo fue socavando dicho propósito.

En el momento de su concepción, se pretendió que fuera una ciudad relativamente pequeña, habitada principalmente por funcionarios del Estado que estarían allí de paso. Sin embargo, no se pensó en la multitud de trabajadores que alzaron la ciudad y que en realidad fueron los primeros brasilienses. Muchos de ellos quisieron asentarse allí y aquella ciudad que al principio pretendió tener solamente 500.000 habitantes, hoy en día tiene más de 3 millones y es la tercera ciudad más grande del país, únicamente superada por Río de Janeiro y Sâo Paulo.

Entorno del llamado Plano Piloto es fácil distinguir ciudades satélite y favelas, donde las calles sin asfaltar y la falta de suministros contrasta con la abundancia en la que vive la clase política y el alto funcionariado brasileño. Así describía la ciudad el escritor uruguayo Eduardo Galeano:

"A ritmo alucinante ha sido construida. Durante tres años este fue un hormiguero donde los obreros y los técnicos trabajaron hombro con hombro noche y día, compartiendo la tarea y el plato y el techo. Pero cuando Brasilia queda terminada, termina la fugaz ilusión de la fraternidad. Se cierran de golpe las puertas: la ciudad no sirve a los sirvientes. Brasilia deja afuera a quienes la alzaron con sus manos. Ellos vivirán amontonados en los rancheríos que brotan a la buena de Dios en las afueras."

Brasilia ha terminado por representar, en una escala más pequeña, la desigualdad endémica que padece Brasil, a su vez uno de los países con mayor desigualdad del mundo. Y más allá de esa cruda realidad, las novedosas y revolucionarias ideas urbanísticas que se pretendían para esa ciudad utopía, no dieron con el resultado esperado.

La extrema segmentación de las zonas dificultó el acceso y uso de los espacios públicos. ¿Quién quisiera ir a un parque ubicado a diez kilómetros de su casa?. La planificación del transporte, por su parte, también generó trabas. La ciudad fue ideada para el transporte individual, lo cual supuso un gran impedimento para quienes no tenían vehículo propio.

El transporte público no ha sido una prioridad para Brasilia, igual que los semáforos. Bajo la intención de evitar congestiones y trancaderas de coches se omitieron pasos de peatones y semáforos, pero resultó el efecto contrario.

El aumento de más automóviles en circulación provocó más problemas de tránsito y la falta de elementos que lo regularan, solo empeoró las cosas.

Por último, las zonas residenciales situadas en las alas del Plano Piloto resultaron ser muy caras para la mayoría de la gente, debido al alto coste de construcción y mantenimiento.

Lúcio Costa admitió en 1973 que se habían equivocado en el planteamiento.

El Museo Espacio Lúcio Costa, situado en el centro de la Praça dos Três Poderes, solo abre de viernes a domingo. Tal vez el descalabro de una ciudad que no ha funcionado del todo, explica que ese espacio cultural dedicado a su nacimiento no abra todos los días de la semana.

Decía William Shakespeare que procurando lo mejor estropeamos a menudo lo que está bien.

Brasilia es una ciudad perfecta para el urbanismo y la arquitectura moderna, pero no para una democracia.

Sus proyectistas la definieron como una ciudad utopía, pero la verdadera utopía era pensar que dicha ciudad podía ser un motor de propulsión para la joven democracia brasileña. El resultado es el mismo que lleva años sin resolverse: El poder se aísla del pueblo y el pueblo ve muy alejado al poder. Aunque este viva justo al lado de la utópica, moderna y monumental capital del Brasil.


Imagen de Marcelo Bastos

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