1953 fue un excelente año para nacer. Se lo digo yo que tuve ese privilegio. Y el seno de la familia en que nací fue aún mejor: una familia donde se respiraba amor, protección, apoyo, gratuidad. Pero también trabajo, esfuerzo, estudio, superación, cosas que había que ganarse.

Monterrey, México, era el lugar ideal para nacer y crecer; así lo consideró un día mi abuelo materno, inmigrante italiano, y después mi padre, jalisciense, quien al conocer a mi madre se hizo regiomontano inmediatamente. Ese era mi mundo. Algún día ese fue mi mundo.

Es difícil describir la sociedad de las décadas de los cincuenta y los sesenta sin descubrir caras de asombro –o hasta de incredulidad- en algunos más jóvenes. Nuestro país era afortunadamente un lugar pacífico y estable en proceso de franco desarrollo y ya teníamos en casa muchos de los nuevos inventos de la modernidad, como la televisión, mueble bromoso y lento para encender, con antena de conejo y sin control remoto, que empezaba a transmitir a las 12 del día y terminaba a las 10 de la noche, dándonos la opción de elegir entre dos canales, por supuesto que en blanco y negro, aunque a veces preferíamos escuchar música en la radio mientras se hacían las labores diarias.

También fuimos de las primeras familias con teléfono en el barrio, color negro como todos, con el que se discaban 5 números y ya se estaba hablando con algún familiar o amigo. Llamadas locales, claro; ni pensar en prohibitivas largas distancias.

Nos comunicábamos con parientes que vivían en otras ciudades por medio de cartas que tardaban semanas o meses en llegar. Teníamos un automóvil, no del año, y en él nos hacíamos pequeños para caber todos, incluidos los abuelos, cargando con lonches, un balón, sillas plegadizas y alguna lona para el sol, y salir los domingos a una excursión familiar campestre, al lado de la carretera, a unos 10 kilómetros del centro de la ciudad.

Recuerdo también haber visto películas en un autocinema y haber comido una buena hamburguesa con papas en la dudosa pero divertida comodidad del auto familiar, en un “drive-in”. Pronto, el oír hablar de viajes espaciales se hizo común, y soñábamos con algún día ir a Marte o a la Luna, así como con un futuro de robots, autos voladores, bandas transportadoras, teléfonos con pantalla y algunas otras supuestas “mafufadas”.

La sociedad de esos tiempos, tal como yo la conocí y la recuerdo, era generalmente de patriarcados. Los matrimonios, para toda la vida, así como también se pretendía que fueran las cosas: un refrigerador, un auto, la ropa, un frasquito, cualquier objeto; todo debía durar una vida entera. Los padres, en mi ámbito, eran exigentes y te enseñaban sus valores; no mostraban sus sentimientos ni eran tan cariñosos y permisivos como ahora muchos padres hemos aprendido a ser, pero lo eran más de lo que sus padres fueron con ellos.

Es claro que en ninguna época ni en ninguna región del mundo las condiciones de vida han sido nunca similares, por lo que seguramente algunos o muchos de mis contemporáneos no comparten mi misma visión, pero este era mi mundo clasemediero y el de casi todos mis vecinos y amigos, y fuera cual fuera el entorno de otras personas de mi edad, definitivamente tampoco era el mismo que el actual. Este era entonces mi mundo, pero ahora, de alguna forma, vivimos en otro mundo.

La música cambió de sonidos y de formas de ser escuchada: de los vinilos a la nube y las memorias flash, pasando por una cantidad interminable de dispositivos cuya nueva tecnología desplazaba sin piedad a la anterior. El cine de blanco y negro que mis abuelos me llevaban a ver a las grandes salas, pasó también por muchos cambios hasta que la tecnología hoy nos permite ver películas en Alta Definición o en 3D sin que a nadie le asombre, y esto sin mencionar la comodidad de las nuevas salas o las opciones de comidas y bebidas que hoy ofrecen, ¿y si mejor vemos esas mismas películas en casa, en una gran pantalla, y detenemos la trama cuando se nos antoje ir al baño?

Poco a poco, como ladrones nocturnos al acecho, cambiaron una y otra y otra vez las modas, aparecieron los tatuajes y los “piercings”, el Internet y los teléfonos celulares inteligentes llegaron para quedarse, y la forma de comunicarnos en estos tiempos es asombrosa hasta para la gente más visionaria. Pero cambiar es bueno, cambiar es una regla constante, y estos cambios, positivos en muchos sentidos, pudieran ser lo de menos si no nos hubieran también asaltado cánceres como la aparición de drogas cada vez más dañinas, y la extrema violencia generalizada que esto ha traído a algunas partes del mundo, haciendo, con sus nuevas armas y recursos, ver pequeña la violencia de otros tiempos.

En este nuevo mundo en el que hoy vivimos, mi generación y yo batallamos para encontrar viejos, esto es, viejos más viejos que nosotros. Es claro, porque ya quedan pocos. Este mundo descubrió nuestro ADN, el de la humanidad y el de cada uno de nosotros, y esos códigos genéticos están por lograr personalizar las medicinas que podemos necesitar, y hacer crecer de una forma contundente nuestras expectativas de vida. Bueno, tal vez las de algunas generaciones más jóvenes, no lo sé.

Hoy las ciudades no duermen, los viajes son tan rápidos como la misma vida y los animales temen al hombre cada día más y se refugian en los lugares más recónditos que encuentran. Santa Claus –o Papá Noel- se ha vuelto muy sociable y ya no se esconde todo el año dirigiendo la fábrica de juguetes de madera y de metal que hacían los elfos, sino que se da tiempo para salir en comerciales y comprar juguetes de marca con tecnología de punta, y regalos de todo tipo –también de marca- tanto para los niños como para los adultos. Bueno, siempre y cuando sean ellos de posición relativamente pudiente.

¿En dónde quedó, entonces, el mundo en el que yo nací y crecí? ¿Cómo es que ahora vivimos en este? ¿A qué hora sucedió todo?

No es el caso de todos mis amigos y contemporáneos, pero muchos, y confieso que yo también, disfrutamos de este nuevo mundo, y a estas alturas no lo cambiaríamos nunca por el otro. Junto con esos cambios vertiginosos, algunos hemos ido recolectando por el camino nuevos recuerdos, nuevas alegrías, nuevos amigos, cónyuge, hijos, nietos y mucho amor, si me permiten la cursilería.

No sé cómo es que ahora vivo en este mundo, pero, qué caray, tampoco supe nunca cómo fue que llegué algún día al otro.


Imagen de Jorge I. Angulo

A
hace 1 año

Excelente artículo, lo único constante es el cambio, me recordó la importancia de valorar nuestros recuerdos, aprender de ellos y disfrutar el presente.

L
hace 1 año

Buenisismo, me encanto!! muchas gracias por compartir, estoy totalmente de acuerdo

E
hace 1 año

muy claro el camino pero no todos nos acoplado y buscamos nuestros refugios como la musica

Gracias por recordarnos la vida de uno de los 50.

G
hace 1 año

Excelente artículo. Describe a la perfección mi niñez. Gracias Chuy !!!

P
hace 1 año

También soy de 1953 y la lectura de este artículo se remonta a esos tiempos en dónde todo y mucho era imaginario felicidades por lo claro y fácil de lectura dejando Clara la evolución del andar diario en nuestras vidas así como la metamorfosis que hemos vivido no biológica

O
hace 1 año

Excelente artículo! Me hizo volar al pasado, disfrutar de nuevo aquella vida y aquella forma de vivir tan diferente. Muy agradable la forma de redactar. Felicidades al autor!

J
hace 1 año

Excelente artículo, magnifica redaccion verdaderamente nos remontó a los años gloriosos en los que la parte más importante es la familia, gracias y estaremos al pendiente del siguiente artículo, felicidades!

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