Son el postre de la vida, son la cereza del pastel, son los nietos…

Sí, hay cierta edad en la vida de los padres en que nuestros hijos ya están volando por sí mismos después de haber ejercido en ellos nuestra labor imperfecta de ser su primer guía, labor que hicimos, como diría Serrat, “sin saber el oficio y sin vocación”.

Entonces queda en nosotros, después de un aparente descanso en nuestras obligaciones de padres, que realmente nunca se acaban y, si me apuran, nunca dejan de crecer, una especie de necesidad de sustituir esa responsabilidad por otra ciertamente más ligera, pero que nos ofrezca una retribución igualmente amorosa.

La Naturaleza –Dios- es muy sabia, como sabemos todos los que no somos sabios, así que en muchos casos, conociendo esa necesidad que algunos tenemos, nos envía unos “nuevos hijos”, unos que nos han de amar igual o aún más efusivamente que los otros y a los que ya amamos de una manera muy especial, como a nadie, pero sobre los que no tenemos la misma responsabilidad que con nuestros hijos. Y qué bueno, porque la Naturaleza –siempre sabia- sabe por tanto que ya estamos un poquitín más cansados.

Es así como llegan los nietos. No será la explicación más científica que podrán encontrar, pero es así como yo lo entiendo. Y tal vez, algunos -o muchos- de los que comparten conmigo el nombramiento y la investidura de “abuelos” coincidan con mi forma de verlo.

La vida tiene sus momentos, tiene sus tiempos. Nosotros, dócilmente o en franca rebeldía, terminamos ajustándonos a ellos. No tenemos más remedio que hacerlo.

Y el primer nieto llega. Niña o varón, ese bebé es más hermoso que todos los otros bebés que hayamos visto alguna vez. No podemos dejar de verlo en los cuneros, se parece a nosotros -aunque nadie piense lo mismo-, descubrimos su sonrisa en cada mueca que le vemos hacer y cada vez que llora se nos hace que pasa una eternidad antes de que lo atienda la enfermera. Es perfecto y nos sentimos como flotando en una nube. Nuestro nombre desde ese día cambiará anteponiéndonos una nueva investidura: abuelo, güelito, tito, nonno, abu, abby, güelis, güevis, qué sé yo; claro, algunos con sus correspondientes femeninos para las abuelas, que además parecen estar aún más emocionadas que nosotros.

Mientras ese primer nieto crece, y cuando creemos que la experiencia de ser abuelos por primera vez no será comparable con nada, llega entonces el segundo, y el tercero… y tal vez muchos más. Para nuestra sorpresa, cada uno de ellos es diferente, nos despierta nuevas emociones, pero la misma felicidad y esperanza. Cada uno de ellos llega a ocupar un lugar único en nuestro corazón. Su propio lugar.

Es en ese justo momento que descubres en ti nuevas sensaciones. Ya no eres el papá o la mamá de aquellos otros niños igualmente adorables, pero que requerían de ti mucha ayuda para aprender a vestirse, para resolver tareas, para asistir a sus clases extracurriculares, para ir y venir de casa de sus amigos; de aquellos pequeños –y poco a poco no tan pequeños- cuyo carácter había que templar y cuyos silencios había que interpretar, y a los que después de algunos años habría que esperar despierto a que regresaran de una fiesta.

Ahora pareciera que aquellos bebés de los primeros días hubieran regresado a ti con otros rostros, con la misma energía, con el mismo ánimo travieso, pero sin representar las mismas preocupaciones ni responsabilidades. Qué delicia. Definitivamente el postre de la vida.

Poco a poco, el nieto –o el ejército de ellos-, como princesa o príncipe heredero, empieza a tomar posesión de sus nuevas propiedades: tu casa, tu cama, tus lentes, tu sillón. El menú diario cambia, y tu tele ya no pasa dramas ni comedias, sino caricaturas y películas de monstruos o de bailarinas. Sin embargo, tú te dejas sobornar por sus encantos, ya que se reirá de todos tus chistes malos y será tu cómplice mientras tú seas el suyo. Es muy justo.

Puede ser que tú, que me lees, ya seas abuelo y puedas confirmar lo que escribo, o más probablemente que puedas agregarle a esto muchas experiencias propias. Tú dirás si así es. En cambio, si no estás aún en edad de serlo, he de decirte que, si vives con entrega y pasión todas las etapas de tu vida, llegarás a esta con una energía renovada y comprobarás que tal vez sea la mejor época de tu vida, a pesar de la mala publicidad que hoy tiene la llamada tercera edad.

Habrá también otros lectores de mediana o mayor edad que ya se acercan a vivir esta experiencia y que lo anhelan. Me pasó a mí por algunos años que me parecieron eternos. Créanme, vale la pena la espera, les deseo que la puedan vivir plenamente.

Pasa el tiempo inexorablemente, los nietos inevitablemente crecen y cambian de hábitos, de gustos, de necesidades. Las visitas a la casa de los abuelos disminuyen su frecuencia poco a poco, y luego más, sin que ni siquiera nuestros hijos lo pueden evitar. Ahora es más atractivo el ir a pasar la tarde con los amigos, con las amigas, el ir a ver un espectáculo deportivo, una peli, un concierto. Los niños y los viejos son compañeros y aliados naturales, pero los jóvenes se sienten mejor entre jóvenes, su sentido de pertenencia y su necesidad de aceptación están en juego.

Sin embargo, aunque ya no los veamos con la misma frecuencia, si desde siempre cada momento vivido con ellos ha sido de amor, de creatividad, de alegría, su sentimiento hacia nosotros no va a variar. El cariño no está sujeto a nada más.

Como abuelos, creo que nuestro gran propósito habría de ser disfrutar y hacer disfrutar a nuestros nietos cada instante de nuestra compañía, gozar al máximo cada vivencia, hacer cada anécdota inolvidable. Nuestro tiempo no es ilimitado. Sería muy triste no aprovecharlo, no hacer valer cada oportunidad que la vida nos da, para hacer que cada momento que pasen con nosotros sea imborrable para ellos.

Algún día no estaremos ya con los hijos y con los nietos, es la ley de la vida. Qué hermoso sería poder lograr para ellos y para nosotros, que cada vez que nos recordaran, en silencio les surgiera una gran sonrisa y se les llenara la cara de luz. Y vivir para siempre en esas sonrisas.

(Para mis hijos y mis nietos)


Imagen original de emailme3

M
hace 1 año

Hermoso y realmente cierto.

S
hace 1 año

Un tierno relato que nos lleva a reconocer la dulzura de los nietos y la magia de los abuelos.

P
hace 1 año

De nuevo muy suave y ágil de leer. Nos lleva a ser cómplices de las nuevas aventuras. Gracias por compartir.

O
hace 1 año

Una realidad, un camino que muchos aún no han recorrido, pero los que ya lo estamos haciendo coincidimos con lo mágico y maravilloso que es llegar a ser abuelo, abuela, abue, tita o la "güevis", como me dicen a mí mis adorados nietos. Excelente, felicidades al autor!

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