La primera vez que supe lo que era una casa de apuestas deportivas online fue hace muy pocos años, al escuchar a amigos mencionar al patrocinador de un equipo de fútbol muy famoso. Como una de esas cosas que uno da por sentado, para mí era solo un logotipo en una camiseta y ni me paraba a pensar en qué tipo de empresa era la que anunciaba o representaba ese nombre tan peculiar. Ese día se despertó mi curiosidad y lo busqué en Google. La publicidad que encontré fue muy persuasiva y atractiva, así que me entraron ganas de visitar su página. Al hacerlo también caí en la tentación de suscribirme. Anzuelo mordido.

Al principio no me atreví a apostar. No sabía la mecánica, el riesgo, si lo sabría hacer o perdería mi primer depósito por no manejarlo bien. Lo cierto es que la plataforma era muy intuitiva, así que en poco tiempo me hice con su uso.

Lo peor que me pudo pasar fue empezar ganando. Ya sé que suena contradictorio escribir 'peor' y 'ganar' en la misma frase, pero tiene su explicación. Mi primera apuesta fue en una carrera de Fórmula 1. Recuerdo que era en Canadá, que llovía a mares y que hasta se tuvo que parar la carrera varias veces por la intensidad de la lluvia. Yo no entendía mucho de coches ni de carreras, pero me caía muy bien un piloto en concreto. Le tenía afición por las entrevistas en las que le había visto, pues parecía muy calmado, humano y divertido. Nada pomposo ni presuntuoso como algunos otros que había escuchado. En una de las interrupciones por la lluvia pensé '¿y si apuesto a que él gana? ha salido casi el último y sigue muy atrás pero todos se están accidentando con el agua del circuito'. Así que lo hice. Aposté 3 euros y gané 85. Mi querido piloto británico, que de repente era el más guapo y elegante, efectivamente ganó. Mi alegría fue enorme cuando vi multiplicarse mi dinero en aquella pantallita. Me sentí como si hubiera ganado millones en la lotería.

Mi gran error en aquél momento fue, como era de esperar, no cobrar ese dinero sino seguir apostando. Cuando ahondé en la página y sus miles de opciones, me di cuenta de que todo podía ser muy inmediato. Podías buscar una carrera de caballos que estuviera a punto de arrancar en el otro lado del mundo, apostar por ella y hasta verla. Un partido de tenis en Malasia. Una competición de esquí en Noruega. ¡Todo ocurría ahí mismo y podía hacerte ganar dinero en un abrir y cerrar de ojos! La inmediatez me sobrecogía y entusiasmaba.

Mi segunda apuesta fue a un partido de béisbol que estaba a punto de terminar. A pesar de saber muy poquito de ese deporte, aventuré que iba a ganar un equipo solo porque tenía un nombre muy divertido. ¡Y gané! Después me atreví con un partido de tenis, otro de cricket... y seguí ganando. Como es de prever, las ganancias empezaron a bajar y las pérdidas empezaron a aparecer. Perdí casi todo lo ganado pero, habiendo ingresado inicialmente 'sólo' 10 euros, me pareció que no era para disgustarse y que era cuestión de tiempo el remontar y volver a ganar.

Como el latido de un corazón dibujado en un papel, fui subiendo y bajando. Ganaba algo con la Fórmula 1 y perdía mucho con el fútbol, pero seguía sin tener que ingresar ni un euro más, así que estaba bastante tranquila. Descubrí las apuestas combinadas, triples, séxtuples. Descubría las apuestas a cosas tan insustanciales como el número de saques de banda, la cantidad de tarjetas amarillas mostradas en un partido, cuántos goles se marcarían en los primeros 10 minutos o quién va a meter el último gol. Muchas veces, si admiraba a un jugador, apostaba porque iba a meter un gol, como si ello me hiciese rendirle tributo o sentirle más cercano. También al revés, si me caía mal, apostaba a que iban a sacarle la tarjeta roja en un momento dado del partido. Y así mi corazón siguió guiando mis siguientes envites, tan o más emocionales que los primeros, y ya casi al cien por cien futboleros.

Me animaba mucho la perspectiva de ver a amigos ganar mucho dinero, aunque probablemente también perdían mucho pero no me lo contaban. Pensaba que si me podía hacer con un pico como el de mi amigo Gonzalo, que acababa de ganar 1500 euros, podría pagar el alquiler de varios meses. Esa imagen me alentaba y me cegaba a la vez.

Hasta entonces yo había disfrutado muchísimo con el fútbol, animando a mis equipos favoritos y alegrándome cuando perdían los que no me gustaban. Pero gracias, o mejor dicho, por culpa de aquella fiebre de apuestas, veía los partidos con angustia porque no ocurría lo que me podía hacer ganar dinero. Me daba ansiedad no ver satisfechas mis predicciones. ¡Así iba a ser imposible hacerse rica! Necesitaba más saques de esquina, menos tarjetas, más goles antes del descanso, y nada cuadraba con mis cada vez más específicas apuestas combinadas. Ya no había partido en el que no apostase, y ¡eran 10 cada fin de semana!. A veces para ahorrar, intentaba apostar solamente en los partidos que veía, pues no siempre los veía todos. La cosa se me empezaba a ir de las manos porque no era capaz ni de seguir ese posible plan de ahorro. Comencé pues a hacer pequeños ingresos de 5 euros cada tanto. Como no podía ser de otra manera, enseguida las pequeñas ganancias dejaron definitivamente de superar a los ingresos y perdí poco a poco unos 120 euros.

Lo sé, no es mucho para lo que uno oye que pierde otra gente, pero me costaba mucho ganarlos y solo por irlos metiendo de 5 en 5, no dejaban de ser una suma considerable. No dejaban de haber supuesto la compra de una semana.

Un día ganó mi equipo un partido pero no gané 25 o 30 euros porque me faltó que sacaran una tarjeta amarilla más para mi combinada casi imposible. Me enfadé muchísimo a pesar de que mi equipo casi nunca ganaba. Ese fue el momento en que me di cuenta de dos cosas: que tenía un gran enganche a las apuestas, y que había dejado de disfrutar de uno de mis deportes favoritos. Ambas cosas eran preocupantes, pero sobre todo la primera.

Me hizo falta la fuerza de voluntad de un adulto preocupado y muy consciente del valor del dinero para dejar de apostar. Lo echaba de menos al ver los partidos, me parecía que los jugadores a los que antes necesitaba y no metían los goles que les pedía, ahora empezaban a meterlos. ¡Y yo ya no estaba poniendo dinero en ello! Tuve que dejar de ver fútbol durante un tiempo, pues el anclaje que hacía mi mente era demasiado fuerte y me entraban muchas tentaciones de volver. Me desinstalé la app y hasta estuve tentada de empezar a usar otra, con la tonta esperanza de que me fuese mejor empezando de cero en una empresa distinta. Por fortuna no lo hice.

Fue muy difícil abandonar el hábito, la emoción y las subidas de adrenalina. Lo dejé básicamente porque me daba mucha vergüenza de cara a mi familia y amigos. Su simple presencia fue fundamental, ya no porque me presionaran o estuvieran muy encima de mí, que intentaban no hacerlo, sino porque me avergonzaba no ser capaz de controlarme y, de esta manera, decepcionarles. Las últimas apuestas las había hecho a escondidas, porque ya empezaba a notarse que yo tenía un problema.

Superarlo me dio mucho que pensar. Si a mí, no siendo el caldo de cultivo más perfecto para una adicción, me pasó lo que me pasó, qué no le ocurriría a gente más joven, más vulnerable o con menos apoyos emocionales que yo.

Hoy en día pertenezco a una pequeña asociación vecinal de ayuda a personas con problemas similares al que tuve yo. Los casos son mucho más extremos que el mío en cuanto a dinero perdido, pero ayudar me mantiene alerta para que la tentación no vuelva.

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