La historia moderna de los “istanes” empieza en la década de los noventa, con la desintegración de la Unión Soviética y la formación de cinco países independientes con un sufijo común. Hablamos de Kazajistán, Uzbequistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán.

Sabiendo que istán significa “lugar de”, podríamos pensar fácilmente que por ejemplo, Kazajistán es el lugar de los kazajos o Turkmenistán el lugar de los turcomanos.

Sin embargo, las fronteras resultantes de la desintegración de la URSS se formaron a partir de las que existían en 1920, por lo que los límites actuales distan mucho de corresponderse a la compleja realidad étnico-lingüística actual.

Las tensiones derivadas de esas divisiones nacionales antinaturales y la preferencia de las élites por potenciar la explotación de recursos naturales, explican la actual situación de esta macrorregión de Asia Central, donde la democratización de los Estados parece haberse perdido en el olvido y no hay indicios de que sea un asunto ni importante ni urgente para los próximos años.

Kazajistán, el gigante de los istanes

Aunque hablamos de Asia Central como una región enorme (de unos 4 millones de km²) con muy baja densidad de población (68 millones de habitantes aproximadamente), lo cierto es que Kazajistán es el país que lidera la mayoría de parámetros.

Se trata del noveno país más grande del mundo, el más poblado de la región con cerca de 18 millones de habitantes, el mayor productor de uranio del mundo y el que presenta un mayor PIB de los cinco istanes.

Un país que pese a su independencia en 1991, sigue muy estrechamente ligado a la influencia rusa.

Desde 1990 hasta 2019, Nursultán Nazarbáyev ha ocupado el cargo de presidente y en 2021 sigue siendo el hombre más poderoso del país.

Aunque el actual presidente de Kazajistán es Kasim-Yomart Tokaev, esto no es más que un formulismo, pues Nazarbáyev sigue desempeñando la presidencia —vitalicia además— del Consejo de Seguridad Nacional, lo que hace pensar que en realidad Tokaev no es más que un hombre de paja.

Y es que una de las primeras iniciativas que tomó Tokaev tras asumir la presidencia fue proponer un cambio de nombre a la capital del país, Astaná.

Actualmente la capital kazaja se llama Nur-Sultán. Una excentricidad digna de un culto a la personalidad que podríamos considerar incluso anecdótica pero que, sin embargo, se suma a un alto porcentaje de corrupción y corporativismo de amigos, además de denuncias de violaciones de derechos humanos y represión contra la oposición interna que hay en el país.

Turkmenistán, la segunda Corea del Norte

De los cinco istanes, Turkmenistán ostenta el dudoso honor de ser el menos democrático y el más hermético de todos.

Su régimen, déspota y totalitario, lo hace competir de tú a tú con Corea del Norte. Este país, de quien apenas podemos saber datos como su población real, ha tenido dos presidentes desde su independencia en el año 1991.

Tanto la presidencia de Saparmyrat Nyýazow primero, como la de Gurbanguly Berdimuhamedow después, se han caracterizado por el totalitarismo más absoluto, la promulgación de leyes tan absurdas como surrealistas y el aislamiento casi total del país.

Aunque Turkmenistán es un gran productor de algodón y posee la cuarta mayor reserva de petróleo y gas del mundo, lo cierto es que sus ciudadanos viven una realidad económica muy distinta, marcada por una cruda pobreza bastante generalizada en la que escasean productos de primera necesidad y en la que el mercado negro parece ser la única alternativa de subsistencia.

El excentricismo del presidente Berdimuhamedow —antes ministro de salud bajo la presidencia de Nyýazow— demuestra que no existe en absoluto preocupación por el bienestar de su pueblo. Su obra política, siendo ministro, consistió en cerrar hospitales en todo el país y obligar a los enfermos a trasladarse a la capital Asjabad para tratarse.

Con la muerte de su predecesor en 2006, Berdimuhamedow añadió su toque personal al culto a la personalidad, con nuevas estatuas de oro y monumentos a su persona, además de hacer omnipresente su imagen en los medios (obviamente controlados por el aparato del Estado).

En una especie de versión indie de Kim Jong-Un, hemos visto al presidente turkmeno hacer de DJ, “ganar” carreras de caballos, hacer trompos con un coche de rally e inaugurar mastodónticas infraestructuras que solo se han usado una vez, como la villa olímpica para los Juegos Asiáticos de Artes Marciales de 2017, que supusieron un coste de 5,000 millones de dólares.

Tayikistán y Uzbekistán, regímenes contra el radicalismo islámico

La peculiaridad del istán más pequeño de todos la encontramos en su independencia, y es que si bien en el resto de istanes apenas hubo contiendas para la toma del poder tras la caída de la URSS, en Tayikistán se produjo una guerra civil que finalizó en 1992 con la llegada de Emomalí Rahmon a la presidencia.

Pese a esa pequeña diferencia, Rahmon no fue muy distinto a sus homólogos de la región, pues ilegalizó todos los partidos políticos e inició una política activa de represión contra todo símbolo de disidencia y oposición.

El país, con síntomas de una clara inestabilidad política, ha sido calificado muchas veces como una bomba que puede estallar en cualquier momento, aunque lo cierto es que la geopolítica regional y el papel que juegan en ella Rusia y China hacen que de momento no se contemple esa posibilidad.

En este sentido, Rahmon se ha alienado con el régimen de Xi Jimping en su política de persecución del pueblo uighur, el grupo étnico musulmán que vive en el noroeste de China y que hace frontera con Tayikistán.

La convulsión que se vive en el sur del país, con una presente ebullición islamista, ha llevado a Rahmon a sentar las bases de un régimen dictatorial.

Su política anti-islamista y su retórica antiterrorista, aún contra aquellos grupos prodemocráticos, han sido usadas como pretexto para perpetuarse en el poder.

Su administración también se puede calificar de dinástica y nepótica, pues Rahmon ha estado otorgando cargos públicos de importancia a sus hijos e hijas.

Su hijo Rustam Emomalí es el alcalde de la capital del país Dusambé, su hija Ruhshona Rahmonova es la actual ministra de Asuntos Exteriores y su hija Ozoda Rahmon, su jefa de gabinete.

Por otra parte, en el caso de Uzbekistán nos encontramos con un país que fue gobernado hasta 2016 mediante una economía planificado a pesar del fin de la hegemonía soviética años atrás.

Al presidente Islam Karímov le sucedió Shavkat Mirziyoyev con un tímido plan de apertura económica aunque no política.

No son pocos los organismos internacionales que señalan a Uzbekistán como uno de los países más corruptos del mundo, fruto del clientelismo interior en la gestión de los recursos naturales. La región también se ha convertido en caldo de cultivo de radicalización islámica, motivo por el cual el poder uzbeko también ha iniciado su particular guerra contra el terrorismo, además de usar dicha guerra para restringir aún más las libertades y promover las violaciones de derechos humanos.

Kirguistán, una excepción con matices

De los cinco istanes, Kirguistán tal vez sea el que haya tomado un camino más distinto del resto, por lo menos en su historia más reciente.

Su pasado possoviético, al igual que los demás, se caracterizó por el mandato dictatorial de un solo hombre, Askar Akáyev, quien sería presidente desde el 1990 hasta el 2005, siendo derrotado por la llamada Revolución de los Tulipanes.

Dicha revuelta llevó a Kurmanbek Bakíev al poder. Un cambio de rostro pero con las mismas recetas autoritarias, lo que propició otra revuelta popular en el año 2010 en la que Bakíev dimitió y huyó del país. En su lugar ocupó la presidencia de forma interina Rosa Otunbáeva.

Otunbáeva además de ceder el poder y ocupar el cargo presidencial con fines transitorios hacia una regeneración democrática, es la única mujer mandataria que hallamos en este reportaje, lo cual ya nos permite poner a Kirguistán como una bonita excepción con respecto a sus istanes vecinos.

Otunbáeva convocó un referéndum constitucional el 27 de abril de 2010 mediante el cual se aprobaron importantes reformas hacia una mayor democratización del país. El primer presidente electo (y a su vez primer mandatario de Asia Central democráticamente electo) fue Almazbek Atanbáyev, quien en 2017 ingresaría en prisión tras ser condenado por corrupción y con un mandato controversial. Puesto que la nueva constitución impedía la reelección, Atanbáyev quiso otorgar, mediante referéndum, más poderes ejecutivos al primer ministro, cargo al que tenía intención de acceder una vez espirase su mandato.

El primer ministro de Atanbáyev, Sooronbay Jeenbekov venció en los comicios de 2017. Sin embargo, la detención de Atanbáyev, la corrupción gubernamental y las acusaciones de fraude electoral en los comicios parlamentarios del 2020 provocaron una nueva revuelta en octubre del año pasado y la dimisión de Jeenbekov.

Desde entonces, la presidencia de Kirguistán ha sido ocupado interinamente por Sadyr Zhaparov (quien apenas duró un mes en el cargo) y por Talant Mamytov, quien como presidente del Consejo Supremo y de acuerdo a la Constitución, es actualmente el presidente interino.

El país está pendiente de una nueva convocatoria de elecciones presidenciales en las que se verá si su transición a la democracia sigue firme o solo ha constituido un breve paréntesis en su historia.


Imagen de kuanish Sarsenov

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