Hacía un día ventoso. Las ramas de los árboles se quejaban por la fuerza del viento mientras bailaban al son de viejos pasos aprendidos por los años. Las hojas se empezaron a caer nada más empezar el otoño, inundando el jardín de ejemplares amarillentas o rojizas, muchas anaranjadas, sirviendo de alimento a una tierra falta de vida. La falta de sol hacía que el día fuera frío. Las campanas de la iglesia resonaban a lo lejos. Un banco de niebla se oteaba en la lejanía.

Se encontraba frente a una estufa de leña, sentado, mirando cómo caían las hojas. Vio que muchas de ellas se habían amontonado en la puerta corredera que daba al jardín, por lo que decidió salir, coger la escoba de púas y limpiar la zona. Sabía que se volverían a posar allí, pero tardarían un poco más, ya que cada vez caían menos de las ramas.

Primero fue a la entrada y se puso el abrigo. Después se calzó una botas marrones y volvió al salón para salir por ahí. Posó la mano en el cristal y sintió cómo el frío le recorría los dedos, hasta que terminaba en el hombro. Un escalofrío acompañó una mueca de desaprobación. Metió el dedo índice en una pequeña cerradura y apretó un botón negro muy pequeño, haciendo un clic metálico un tanto desagradable. Deslizó la puerta y el viento le levantó el bajo del abrigo. Se lo abrochó y salió.

A la derecha, apoyada en la pared exterior de la casa, estaba la escoba. Él, que creía que solo hacía viento, sintió pequeñas partículas de agua estrellarse contra su rostro. Sin embargo, había tomado la decisión de limpiar, al menos la zona de la puerta de su casa.

Cuando empezó a barrer, en una parte del suelo, oyó el ruido que hicieron las púas al arañar algo de madera. Continuó retirando hojas y encontró una tabla pintada en un tono rojizo, similar a la caoba. Parecía que estaba recién pintada, cosa que no creyó posible, ya que él no lo había hecho. Haciendo un gesto de desaprobación, caminó hasta un decrépito cobertizo y cogió un martillo de carpintero que tenía en un roído mueble. Volvió hacia la tabla y clavó la zona plana del martillo, haciendo un buen agujero. Y ayudándose con las manos, terminó de quitarla.

De allí abajo emergió un olor a tierra húmeda y agua estancada. En aquel momento, recordó que cuando era pequeño había visto aquel agujero, sin embargo, su padre nunca lo había dejado bajar. Y, por supuesto, siempre estaba bajo llave. Ahora la había encontrado restaurada. La oscuridad era tal, que apenas podía ver nada del interior. Volvió al cobertizo y, de dentro de una caja, cogió una linterna de largo alcance. Pero antes de ir hacia la inmensa oscuridad, comprobó que funcionara sin problemas. Apretó un botón plateado y la luz iluminó toda la estancia. Sonrió al ver que la linterna de su padre aún funcionaba.

Teniendo sus pies delante de lo desconocido, vislumbró una escalera de madera. Frunció el ceño y pensó que sería mejor ponerse algo en las manos; la pared tenía algunas piedras muy puntiagudas. Dio media vuelta y cogió unos desgastados guantes, que estaban descansando debajo de una piedra. Se los puso y sintió cómo el tejido raspaba sus manos. No llegaba a arañar, pero sí a incomodarle.

Miró la escalera y se adentró poco a poco. Justo cuando tenía medio cuerpo dentro del agujero, prendió la linterna e iluminó todo el lugar. Llegó al suelo y miró en derredor: delante de él había un túnel que terminaba en una maltratada puerta. Con pasos cortos fue avanzando. El sonido del viento se fue alejando de sus oídos conforme avanzaba.

Al llegar a la puerta, solo tuvo que posar una mano y empujar, esta cedió. Con dos pasos firmes se adentró en una habitación; el suelo estaba cubierto con un plástico doble; las paredes bien firmes y rectas. Miles de puntos brillantes resaltaron, como cuando un diamante es iluminado y devuelve el rayo de luz. Del techo pendían raíces de los árboles y algunas plantas.

—Parecen estalactitas… —dijo, asombrado por el espectáculo que estaba viendo.

Sintió un cosquilleo en el cuello. Se quitó el guante de la mano izquierda y se lo palpó. Cuando se la miró, encontró a varios insectos brillantes corriendo por entre sus dedos. Con una sonrisa nerviosa agitó el brazo y se sacudió el cuerpo. Un sonido particular se oía allí dentro. «Se parece al sonido que hace una serpiente cuando recta encima de la tierra», se dijo. Ese era su campo. No había problemas. En caso de que una serpiente quisiera hacerle daño, él sabría cómo debía actuar.

A la derecha de la estancia, encontró lo que la naturaleza no había podido crear por sí sola. Se acercó y vio unos huesos humanos carcomidos. Estaban amarillentos, y en el fémur había una perforación de un par de milímetros. Dio un paso hacia atrás y cayó de culo. No se estaba creyendo lo que sus ojos estaban viendo. Al mismo tiempo, pensaba que era imposible. No podía ser posible que debajo de su casa hubiera cadáveres.

En aquel momento, mientras miraba con asombro aquellos huesos, divisó otra puerta a su derecha. Esta estaba en peor estado que la anterior. De repente, la luz natural que entraba al principio del túnel se apagó con violencia. Se levantó de un salto y corrió hasta la entrada. Gritó, aporreó el trozo de madera e intentó empujar con todas sus fuerzas. No pudo hacer nada. Cuando se tranquilizó un poco, se dio cuenta de que era un árbol. Un árbol se había caído justo encima del agujero.

—¿Cómo salgo ahora de aquí? —dijo, asustado.

Bajó de nuevo la pequeña escalera y caminó, un tanto desorientado, por el minúsculo túnel. Mirándose los pies, advirtió que el suelo estaba mucho más compacto de lo que debía ser. Por lo que dedujo que alguien se había tomado las molestias de dejarlo todo en perfectas condiciones.

Cuando llegó a la primera sala, divisó de nuevo los amarillentos huesos. Se los quedó mirando durante unos minutos. La verdad es que estaba absorto en la forma y posición de estos: completamente perpendiculares al suelo. Los reflejos de los insectos lo sacaron del ensimismamiento, haciendo que avanzara hacia la puerta. Y, frunciendo el ceño, la encaró, apuntando la luz de la linterna hacia el corazón de la madera; hacia las pequeñas vetas casi imperceptibles, aunque menos que la anterior.

No sabía si detrás de aquella puerta había algo más que ver o tan solo era un adorno. Tras pensarlo durante unos segundos, decidió posar la mano enguantada y presionar un poco. La madera cedió sin quejarse, aunque sí rompiéndose algunos pedazos de los laterales. Un olor fétido le penetró las fosas nasales, haciendo que carraspease. También intentó ponerse parte del chaquetón en la boca, pero vio que estaba completamente manchado de partículas de tierra. No tuvo más remedio que aguantarse y esperar a acostumbrarse. Sabía que todo era psicológico, el olor, sin embargo, real. Demasiado real.

Primero alumbró. Después, entró y ojeó lo que había dentro. No divisó ningún cadáver a primera vista, pero sí descubrió que aquella sala era más pequeña que la anterior. No es que fuera mucho más, sino que parecía ser, al menos, más estrecha.

En aquel momento, para poder distinguir las estancias, dado que intuyó otra puerta, le puso nombre a la primera: Tsunami. Después, nombró a la segunda: Pestilencia. Lo tuvo fácil. Ahora que ya las había identificado, podía observar con más paciencia si había algo interesante allí y, lo más importante, descubrir la manera de escapar. Pero antes de empezar, volvió a Tsunami para recoger el guante. No quería tocar nada con la mano al descubierto. Se imaginó los cientos de miles de insectos que podían estar conviviendo en la tierra mordiéndole y transmitiéndole alguna enfermedad extraña. Y haciendo una mueca de asco, recogió el guante y se lo puso, no sin haberlo agitado, soplado y aporreado. La luz de la linterna parpadeó varias veces.

Entró en Pestilencia y caminó, mirando primero por donde pisaba, por toda la sala. Iba investigando con paciencia, como si tuviera que descifrar un jeroglífico. Que en parte era algo parecido. Cuando llegó a la pared oeste, se encontró con varios cadáveres. En la misma posición que el anterior. Sin embargo, el color de los huesos era distinto. Se acercó un poco y observó que estaban menos amarillentos. La perforación no había cambiado.

No se asustó al ver los restos como la primera vez. No es que no sintiera un miedo atroz al descubrir aquello, pero la situación era un tanto escabrosa como para relajarse y dejar que el tiempo lo sacara de allí.

La pared seguía completamente igual. Le extrañó que solo hubiera, en la sala Tsunami, plásticos en el suelo. Pensó que alguien había empezado a hacer una obra y que no la terminó. «Los huesos de la primera sala pueden pertenecer a la persona que intentó hacer algo aquí…», se dijo. Aunque no estaba muy convencido de ello. Tendría que haber pasado muchos años de eso… Y él había heredado la casa de su madre. En ningún momento le habían dicho nada sobre un agujero o algo por el estilo.

También se dio cuenta de que la cantidad de insectos parecía haber disminuido. Los reflejos continuaban destellándole, pero con menos intensidad. Aunque lo que le llamó la atención no fueron los insectos, sino las raíces que estaba viendo: bajaban de la pared con tal entusiasmo que parecían tener una compenetración de nivel superior en la danza, hasta introducirse en la pared y seguir con la coreografía. A su juicio, no se estaban moviendo delante de sus ojos, pero sí empujando con fuerza y frialdad para afianzarse en la tierra, sin tener en consideración a las demás.

Se aferró a una, quizá, minúscula oportunidad de escapatoria y posó la mano en la pared. No sabía por qué lo estaba haciendo. Era como si su cuerpo supiera que aquello era lo correcto. Únicamente sentía frescor y durezas, latidos de una tierra cuidando las raíces de la vida. Deslizó la mano y, al cabo de unos segundos, oyó el roce de la arena con la madera. Alumbró y se encontró un trozo de madera muerta. Los pequeños poros se habían convertido en el hogar de aquellos insectos. En aquel momento recordó lo que vio en la televisión una tarde: un documental donde había personas que se alimentaban de ellos, ya que eran fuente de proteínas al alimentarse de madera.

Sin embargo, al ver lo que comían, y podía ser algo más que madera (lo estaba viendo in situ), su cuerpo reaccionó con una arcada, haciéndole expulsar todo el contenido del estómago. Cientos de insectos galoparon hasta los trozos de comida para alimentarse.

Cuando se recompuso, y cerrando los ojos, empujó el trozo de madera. Esta casi se deshizo por completo. Tan solo quedó un poco en la parte superior izquierda, donde se habían quedado afincados un par de amarillentos gusanos. Dio un paso y entró en otra sala, aún más fétida que Pestilencia.

Aquella estancia era más pequeña. La linterna volvió a parpadear. Le dio un par de golpes con la palma de la mano y la luz quedó estática. Su corazón se aceleró y su estómago se quejó de nuevo. Pero antes de tomar una decisión sobre qué hacer, se aseguró primero de ver, minuciosamente, las cuatro paredes. Sin embargo, ninguna de ellas poseían huesos humanos. Tal vez contenían cadáveres de otros seres vivos, pero no humanos. Eso lo tranquilizó. Aunque no lo suficiente como para pensar con claridad. No entendía por qué la habitación era más pequeña que la anterior.

Sintió un sutil mareo. No fue tan intenso como otros, pero sí lo suficiente como para posar una mano en la pared. En aquel momento sintió que los dedos se hundían en algo bastante blando. Como si estuviera metiendo la mano una pasta de cemento semiseca. Encontró firmeza, aunque también algo blandengue. Se ayudó de la linterna para ver mejor y descubrió una pierna en avanzado estado de descomposición. Abrió los ojos y contuvo la respiración. Intentó separar la mano de la extremidad ajena sin éxito. Había una sustancia que lo impedía. Por lo que tuvo que ejercer toda su fuerza para poder liberarse. El guante, sin embargo, se quedó pegado, firme, solitario.

Se sentó para poder respirar con tranquilidad y serenarse. Oyó un leve traqueteo a sus espaldas y se giró lentamente. Una mujer, viva, estaba mirándole a los ojos mientras una raíz se le introducía en la pierna con la precisión de un experto cirujano. Se puso en pie en aquel instante y, con la respiración entrecortada, dio media vuelta y comenzó a correr en dirección a la única salida que conocía.

Al llegar a Tsunami, se paró de golpe. Un rayo de luz estaba penetrando en la penumbra del lugar. El rayo del sol hacía que el túnel fuera menos tenebroso que al principio. Volvió a caminar hasta llegar a la escalera. Se subió con determinación y escuchó el deslizar de algún animal grande por la tierra. Aunque lo único que se le vino a la cabeza fue una serpiente. Miró hacia arriba y descubrió que no había ningún tronco prohibiéndole el paso. «¿Me lo habré imaginado todo?», se dijo.

Teniendo una mano fuera y un pie en el último peldaño, miró una vez más hacia la oscuridad. De dentro salieron unas raíces gruesas que lo cogieron de las piernas, arrastrándole hacia el interior. Sus gritos solo resonaron por las estancias mientras su cuerpo se deslizaba por la tierra. Clavó los dedos en el suelo, pero solo consiguió arrancarse varias uñas y sentir un dolor atroz. También intentó agarrarse a todo lo que pudo, sin embargo, todo lo que vio al principio, las pequeñas raíces que había en las paredes, ya no estaba. Aquellas cosas lo llevaron hasta la última estancia, lo pusieron en perpendicular con el suelo y lo ataron con fuerza a la tierra. Ahí se dio cuenta de que todas las ramas de la vida se habían replegado para transformase en la muerte. Una raicilla se acercó lentamente a su pierna derecha, le penetró la piel y el músculo hasta llegar al hueso. Poco a poco su visión fue disminuyendo hasta tal punto que la perdió. El dolor aumentó, la desesperación cesó, la calma lo acogió. La muerte en forma de vida había ganado.

—Lo siento… —dijo, antes de dejar de respirar.


Image by kerttu

Excelente relato, lugar ,elementos, todo muy claro y cautivante.

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