Se despertó sobresaltado. El corazón iba a mil por hora y le caían algunas gotas de sudor desde la frente. La oscuridad reinaba en su habitación, en sus pensamientos y en el exterior. Dando un largo suspiro, se giró hacia la mesita de noche y observó el reloj. Eran las dos y media de la madrugada y el sueño se acababa de esfumar.

Un leve dolor en las piernas comenzó a hacerse molesto, por lo que sintió la necesidad de levantarse y caminar un poco por la habitación. Y en una de las vueltas, oyó un sonido parecido al de una trompeta. Sonaba muy lejano, tanto que no creía que pudiera estar escuchándolo. Con gesto de extrañeza, abrió la puerta del dormitorio y sacó la cabeza; una corriente de aire frío le heló la piel del rostro. Aquella melodía había cesado. Volvió a cerrar la puerta y a caminar. Sin embargo, cuando el dolor ya se estaba calmando, la música volvió a repetirse.

Era un sonido grave que se alargaba más de lo que unos pulmones humanos podían aguantar. Y esta vez abrió la puerta entera y se puso en medio del pasillo para oír con atención, quería saber de dónde provenía. Llegaba desde varias direcciones, por lo que no sabía hacia qué lugar mirar del pasillo. Su nerviosismo aumentaba con el paso de los segundos, y el dolor de las piernas se acentuaba en la parte alta de la cadera. Se giró al notar un leve suspiro a sus espaldas, aunque allí no había nadie más que él y la oscuridad más absoluta. Las persianas de las habitaciones hacían que la luz de las pobres farolas no penetrasen.

Con un ligero y fugaz bostezo se fue acercando a la pared final del pasillo, donde creyó que estaba el origen de lo que ya había denominado «ruido». Pegó la oreja y… Una punzada en la pierna derecha hizo que tuviera que agarrarse al pequeño mueble que tenía a su lado. El jarrón cayó al suelo sin piedad. Se lo quedó mirando con impotencia. El regalo que le hizo el demonio antes de morir se había hecho añicos en tan solo unas milésimas de segundo. Y fue en aquel momento cuando su interior, su alma, le dijo que lo que fuera estaba detrás del tabique.

Estuvo observando las pequeñas protuberancias de la pintura un buen rato hasta recuperar totalmente la movilidad de la cadera. No lo sabía con certeza, pero detrás de los ladrillos no debía de haber nada, excepto más ladrillo y hormigón. Sin embargo, tenía que mirarlo en el plano de la casa para saber con exactitud qué era. Caminó hasta una cómoda pequeña que tenía en el dormitorio y abrió el quinto cajón. Sacó una carpeta azul en mal estado y sacó de dentro una hoja, luego la puso a los pies de la cama. Con mucho cuidado, cogió el papel por uno de los laterales y la abrió, haciéndose más grande que un simple folio. Dentro estaba su casa tal y como lo había dibujado el arquitecto, allá por el 19…

Y siguiendo las líneas con el dedo índice de la mano izquierda, llegó hasta la pared del pasillo. Vio que se trataba de un tabique de carga, por lo que era imposible que cualquier sonido penetrase. Los muros de carga son macizos, aunque en más de una ocasión se habían encontrado muchos de ellos con el centro hueco. Había una parte de él que pensaba que debía estar vacío, pero después se hizo la pregunta que calmaría su voz interior: «¿Es posible que el sonido provenga de dentro del muro?». Siempre existe la posibilidad de algo, en cambio, no tenía claro que… No tenía claro nada.

Sin pensárselo dos veces, fue hasta el mueble donde tenía todas la herramientas y cogió un martillo y un cincel. Había decidido hacer un agujero y ver con sus propios ojos si era posible, o no, lo que sus oídos estaban escuchando. También había la posibilidad de que se lo estuviera inventando todo, pero lo rechazó al instante. Debía aprovechar que el vecino de la casa contigua no se encontraba. Molestaría solo a los de arriba.

El primer golpe sonó fuerte, los demás fueron reduciendo el impacto del sonido en sus oídos. Aunque la música de la trompeta estaba por encima de los martillazos. Poco a poco fue agrandando el pequeño agujero, haciendo que sus pensamientos explotasen en millones de trocitos. Allí había un con un vacío que no debía existir. El olor era el normal: tierra y humedad. Metió la mano y sintió que algo chocaba con sus dedos. Era algo que humedecía su piel, por lo que se dijo que era agua. ¿Agua dentro de un tabique de carga? Volvió a agarrar el martillo y el cincel y prosiguió.

Al cabo de unas horas, había logrado crear un agujero lo suficientemente grande como para que su cuerpo cupiera sin problemas. Volvió al mueble de las herramientas y cogió una linterna para poder ver en la oscuridad. Cuando alumbró, atisbó un escuálido pasadizo y unas escaleras al final. Dejó la linterna encima del mueble y metió, primero, el pie derecho (el más costoso), después el otro. Luego agarró la luz y el martillo, que estaba apoyado en la pared. Alumbró de nuevo hacia el pasadizo y, dando un leve suspiro, comenzó a caminar hacia lo desconocido. No sabía cómo podía ser que su casa fuera parte de algo que jamás había visto en su vida, sin embargo, así era.

Bajó las escaleras poco a poco, con cuidado de no resbalarse ni de topar con algo peligroso; no sabía hacía dónde se estaba dirigiendo. Al llegar al último peldaño, una puerta. Se fijó en el viejo pomo, puso una mano y lo giró con determinación. El trozo de madera le dejó el paso libre. Sus ojos se encontraron con una pared un tanto extraña. Estaba pintada de un color que no supo reconocer. No sabía si era verde, azul, gris… A la derecha había elementos decorativos sujetos a la pared. De la misma forma que con el color, no supo muy bien identificar qué eran. Solo era capaz de distinguir las formas: un corazón muy grande reinaba en medio de la pared y a la derecha había una cabeza plana; abajo, un busto de algo parecido a una serpiente con la lengua fuera. Era una habitación demasiado minimalista para su gusto.

Por un momento pensó que se encontraba en la habitación de la casa del vecino, pero al seguir paseando por la estancia descubrió que no podía ser, ya que la conocía, se la había enseñado él mismo cuando terminaron las obras, una manera de alardear. Se había encontrado una puerta junto al corazón, detrás de una cortinas que se parecían a la pared. La abrió y… cientos de ojos lo estaban observando como si estuvieran esperando a que ese momento llegase. Él vio a entes con cabeza de serpiente mirarlo con incredulidad. Justo detrás había otro de ellos tocando algo parecido a una trompeta. Algunos trataron de decirle algo, sin embargo, no entendió nada. Era una lengua que no entendía.

Se fijó con más detenimiento en las cabezas de aquellos seres y creyó descubrir que no tenían la lengua bífida, que no tenían la forma para la salida de esta. El cuerpo estaba formado por las mismas partes que la de los seres humanos, pero con dos diferencia: los pies, que estaban rodeados por unas cuerdas y la cabeza. No había mucho más en donde fijarse, por lo que centró su atención en el que hacía el endemoniado ruido con el instrumento. Dio un par de pasos y descubrió que los que estaban expectantes se apartaron con rapidez. Eran bastante habilidosos. Fue a dar un paso más y descubrió que los ojos de los individuos cambiaron de forma y color. Se habían transformado de un color violáceo con vetas verdosas. Pero como le pasó al entrar en la habitación, no supo identificar con exactitud el color.

Una red muy pesada cayó encima de su cabeza, haciéndole caer al suelo de rodillas. El sonido paró de golpe. Alguien dijo algo en voz alta y todos lo repitieron con gritos. Se le acercaron varios y lo arrastraron hasta un montículo de piedra. Allí le retiraron la red y lo ataron a un travesaño. En ese instante sintió que la madera estaba impregnada con alguna sustancia grasa, ya que se podía deslizar sin problemas. El olor le decía que podía ser grasa animal. Sin embargo, no sabía identificar de qué tipo.

Con el rostro impávido, los miró fijamente y trató de averiguar qué trataban de hacerle. Los miró a todos, uno a uno, intentado hacerles ver que no les tenía ningún miedo. Ahí se dio cuenta de que eran menos de los que vio al abrir la puerta, por lo que… La pequeña altura le estaba dando una mejor visión del lugar sin que pudiera saber dónde se encontraba.

Poco a poco, los especímenes se fueron retirando de él hasta que lo dejaron solo. Ahora, en la soledad, no solo física sino también de los pensamientos, intentó poner orden a todo lo que estaba sucediendo. Pero justo cuando trataba de hacerlo, alguien lo sujetó por la espalda y le embardunó la cara de una sustancia que olía a muerte. Después dijo algo que no entendió y lo oyó alejarse. Al cabo de unos segundos, llegó otro y le hizo un corte en la pierna derecha. Luego lo miró a los ojos y le propinó un golpe severo en la boca, creándole un corte profundo en el labio superior. Escupió un poco de sangre y miró al suelo, donde encontró unos pies tan humanos como los suyos. Y eso lo inundó de sorpresa y extrañeza.

Desde hacía unos años, una enfermedad rara le había dejado sin poder gesticular ninguna emoción; lo único que podía era sentirlo por dentro, y lo que ahora estaba sintiendo era asco y curiosidad por saber quiénes eran los que estaban debajo de aquellos disfraces; quiénes querían hacerle daño. Por eso mismo, al no poder descubrir nada más allá que el atuendo de estos, estaba, al mismo tiempo, rezando para no poder gesticular nada, porque si lo hacía sería su sentencia de muerte, adelantada, claro.

A los pocos segundos se le acercó una persona corpulenta con caminar agresivo, se quedó delante suya y sacó una alfanje muy antigua pero reluciente como el primer día. La desenvainó e hizo unos movimientos con ella, como si quisiera cortar el aire. Luego la bajó y, apuntando hacia su cuello, la dejó en el suelo, dejando a la vista las figuras gravadas en el metal. En ese momento entró una persona que le pareció demasiado familiar. Y no era porque la conociera, sino porque era él mismo el que estaba caminando por entre la gente, como si fuera el rey de aquella peligrosa fiesta. Cuando lo tuvo a vista, le dirigió una mirada mortal.

Nunca había sentido tanto miedo como en ese momento. Las piernas le tambaleaban como nunca, el corazón se le aceleró como la primera vez que besó a la chica de sus sueños y las manos, aunque atadas en el travesaño, tiritaban. Algunas gotas de sudor hicieron carrera hasta llegar a la barbilla, para luego caer al suelo de tierra grisácea. La aparente normalidad decreció con la presencia de su… Todos comenzaron a gritar cosas que solo ellos comprendían. Sin embargo, él estaba absorto en los pasos que daba aquella cosa que se parecía a él tanto como su propio reflejo en el espejo.

No tardó más que unos minutos en posicionarse delante de él, coger la alfanje y ponerle el único lado afilado en el cuello. El resto se quitaron la cabeza de serpiente y lo miraron con una sonrisa malvada. La persona que tenía enfrente lo miró a los ojos y le dijo:

—Hola, hermano. Ha pasado demasiado tiempo sin vernos. Sé que no me recuerdas, pero no te preocupes, ya estoy aquí. Ahora tu vida me pertenece. Ya has vivido demasiado tiempo. Me toca a mí.

» Has hecho que tuviera que crear una congregación secreta para poder encontrarte y crear este lugar para escondernos y reunirnos hasta llegar a ti. Cuando él —dijo mientras señalaba a su vecino— me dijo que vivías junto a su casa, lo tuve claro. Era el momento. —Alzó la mano izquierda por encima de su cabeza—. Aquí termina tu vida, hermano, para que comience la mía. Casi cuarenta años tarde, pero nunca es tarde para algo, ¿verdad? —Despegó la espada del cuello y le propinó un corte limpio en la garganta.


Imagen de Jan Mallander

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