Hace ya unos cuantos años el mundo descubrió a César Millán, un nuevo fenómeno mediático que bajo el nombre del 'Encantador de perros' asombraba por su capacidad para comunicarse con estos animales y corregir su comportamiento sin necesidad de utilizar las técnicas de adiestramiento consideradas más físicas.

Como sucede siempre en estos casos, cuanto mayor era su fama, más eran los que ponían en duda su supuesta 'magia'.

Sin embargo, una vez superada la desconfianza inicial, era difícil resistirse a la forma genuina, casi mística, en la que ejercía su influencia sobre estos animales y que parecía nos interpelaba a recuperar algún tipo de conocimiento primigéneo sobre las inmutables leyes de la naturaleza.

Con los años, ese conocimiento se ha vuelto toda una filosofía de vida que César intenta transmitir y aplicar a través de todo tipo de iniciativas sociales, charlas y espectáculos en vivo.

Hemos sido testimonios, a veces sin proponernoslo ya que sus videos en internet así como sus programas televisivos abundan, de la trayectoria vital de César que él mismo nos ha ido contando en ocasiones. Desde sus inicios en su México natal hasta llegar a ser una figura conocida mundialmente. De pasar a ser un inmigrante ilegal en los Estados Unidos hasta llegar a crear un pequeño imperio económico y mediático. César representa el ideal del hombre hecho a si mismo que tras alcanzar la tierra de las oportunidades consigue darle la vuelta al destino.

Hasta aquí todo parece normal. No es el primer fenómeno mediático, ni el primer caso de superación personal que se expone públicamente. Tampoco es el primero al que se le suponen ciertas facultades sanadoras o capacidades fuera de lo común aunque él mismo sea el primero en desmitificarlas apelando a una simple cuestión de sentido común a veces o de lógica, en otras. Tampoco es la primera vez que nos sentimos atraídos por el discurso intelectual, religioso o místico de alguien.

Admitamos pues que, seguramente en este caso también, el fenónemo de César Millán obedece a nuestra incesante búsqueda de alguien en quien depositar nuestra confianza y atención, a veces incluso en contra de su propia voluntad, hasta el punto de que, en algunos casos, la persona elegida ni tan siquiera necesita hacer nada explícitamente. Los convertimos en depositarios de nuestra voluntad política para frenar quizá la incomprehensible complejidad de un mundo que se dice constantemente en crisis.

Siempre podemos discutir sobre la autenticidad, la importancia o las intenciones de una persona o de su mensaje, pero dificilmente lograremos una posición neutra que dé consistencia a nuestros argumentos porque, en realidad, nadie busca esa posición.

Como que esa posición neutra nadie la busca, digamos que me puedo considerar un 'fan' de César y como tal, la primera consideración obligada sería hacer la siguiente pregunta:

¿Entendemos lo que César Millán quiere decirnos?

Como decía anteriormente, debido a nuestro modo 'follower' de comportarnos, el mensaje del 'elegido' pasa a un segundo plano. No es lo importante.

De esta forma, tampoco nos debería sorprender tanto que nuestra impresión, después de haber seguido la trayectoria de César durante un tiempo, sea que aquellos que mejor deberíamos entender su mensaje, es decir, sus fans, somos los que más lo malinterpretamos. Los detractores ya no son ni siquiera una molestia. Los que impiden que César se exprese son los que lo 'entienden'. En ese sentido, se puede decir que los fans son anteriores al mensaje.

Los fans somos portadores de algo valioso que debe ser corregido urgentemente y es, en ese momento, que aparece o se crea al 'elegido'.

En el caso de César se aprecia bastante claramente. Al principio de su carrera, César se limitaba a corregir el comportamiento de los perros y rara vez, en sus programas, hacía alusión al dueño o dueña como causante de los desórdenes del animal. Es la época anterior a su famoso eslogan 'rehabilitar perros y entrenar personas'.

En esa primera época, las maneras de César eran, como lo siguen siendo hoy, respetuosas tanto en el trato con el animal como con la persona mientras que muchos de los espectadores nos echábamos las manos a la cabeza al considerar normalmente al dueño del animal como el causante directo de su comportamiento erratico, alterado o agresivo.

Con su evolución personal, ligada seguramente a su evolución legal como ciudadano en los Estados Unidos, César va cogiendo confianza en su discurso que expone cada vez más abiertamente. Sin perder nunca las formas, mostrando en ocasiones una paciencia inifinita y con una capacidad de comunicación y un carisma muy marcados, César va poniendo al ser humano en el centro de su mensaje. Los perros nunca han sido los culpables, el responsable último es siempre el humano.

Y no solo eso. Una y otra vez, a través de sus programas y a la forma de relacionarse con los perros, es decir, a través de la práctica, César nos va aportando un sin fin de enseñanzas positivas que nos pueden ayudar a nivel personal y comunitario.

La fuerza de una energía interior equilibrada como el único yo capaz de comunicarse sin necesidad de traficar con la verdad, la importancia de la autoridad basada en el respeto y en el amor como base de cualquier relación o la crítica que hace César, nunca de forma directa ni destructiva, del amor posesivo y objetivizante como proyección ciega de un vacío personal, todo esto forma parte de la potencial carga transformadora de la figura de César Millan.

Pero, ¿realmente es esto lo que César Millán nos quiere decir?

El mensaje de César se basa en un malentendido primigenio. Para conseguir transmitir su mensaje la única forma es que César desaparezca. Eso lo podemos observar en muchos de sus programas en los que César queda expuesto al peligro evidente de algun perro en estado de agresividad explícita o simplemente de la irracionalidad del animal.

En la fuerza de ese ritual de sacrificio de la que todos somos testigos sin necesidad de creer o no, César deja de ser el emisor para convertirse en el medio a través del cual ese perro en concreto y ningún otro se expresa claramente.

La fuerza del mensaje de César no recae en su sentido sino en la verdad estética del ritual que, con la fuerza suficiente, nos devuelve a nuestra condición básica y primordial de observadores.

Al final, el mensaje nos ha llegado de la forma más inesperada. Se demuestra que el mensaje no es lo importante y que los fans tienen razón pero que es urgente corregirlos.

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