Gonzalo, 82 años

Vive en una residencia de mayores de una ciudad pequeña. Su móvil es del año 2005 y apenas funciona, pero el de Maca, su cuidadora, es muy nuevo, con cámara, Whatsapp y todas esas cosas que él no entiende. Cada tres o cuatro días se produce el mismo ritual, que Maca vive con paciencia y amor, y Gonzalo con cierta confusión:

- Don Gonzalo, tenemos llamada de su sobrina, póngase las gafas.

Él mira el teléfono fijo y alarga el brazo como para cogerlo.

- ¡Pero no ha sonado! - dice extrañado.

- Nooo, que le llama a mi móvil, mírela en la pantalla, aquí está.

Gonzalo sigue confundido, mira la puerta, a los lados, al balcón, pero Maca le alcanza las gafas enseguida, a la vez que le coloca el móvil delante. Al oír la voz de su sobrina y encontrarla finalmente en la pantalla, se le olvida lo incomprensible de la situación y se le llenan los ojos de lágrimas en un segundo.

- Ay, Carmina, si yo creía que estabais enfadados conmigo, ¡cómo no venís a verme!

- Pero tío, ¿por qué íbamos a estar enfadados? Acuérdate que no podemos salir de casa, ni siquiera para verte, y que por eso te llamamos por aquí.

- ¡Ah, sí, con el vídeo del teléfono, ya me acuerdo!

- Eso es, tío, con videollamada, ¿quieres ver a tu sobrina-nieta?

Asunción, 77 años

Vive con Missi, su gato de pocos meses, en un piso pequeño de una gran ciudad. Todos los días ve por el balcón a su hija mayor paseando al perro. Le trae el pan, se lo deja en el ascensor y le manda un beso desde la calle.

- ¿Cómo estás, mami?

- Bien, cariño, ¿y tú? ¿has visto a tu hermana? Bueno, por el móvil...eso de las llamadas que hacéis vosotras, que si has hablado con ella, vaya.

Al principio del confinamiento, cuando Asunción llamaba a su hija menor, ésta le preguntaba sobre lo que había hecho durante el día, pues le preocupaba la inactividad prolongada. Muchas veces la encontraba apagada y tristona, y estaba segura que era por aburrimiento. En una de esas conversaciones (telefónicas "de las de toda la vida", porque con vídeo Asunción se sentía torpe y agobiada), su hija pequeña le propuso enseñarle a buscar tutoriales en Youtube, bajo el pretexto de fabricar un juguete sencillo para el gato. Asunción accedió, pues efectivamente Missi tenía mucha energía y le arañaba muchas cosas en la casa.

Aunque ha costado unas cuantas sesiones de explicaciones por parte de su hija, Asunción ha aprendido a hacer búsquedas de vídeos instructivos. Tanto que se pasa el día curioseando qué podría hacer ella en esas horas de encierro. Le empezaron interesando sobre todo las manualidades con materiales reciclados, pero ya ha aprendido a arreglar el mando de la tele, a hacer mascarillas personalizadas, yoga en una silla, jabón casero, respiración Ujjayi y, por supuesto, un montón de juguetes para Missi.

Francisco, 76 años

Vive en Madrid y su hijo Fran, su familia más cercana, en Barcelona. Fran teletrabaja como astrofísico para una compañía norteamericana y casi todo el día aparece como "en línea" en Skype. Desde que Fran enseñó a su padre a usar esta aplicación, recibe llamadas suyas a todas horas.

- Papá, estoy hablando con los jefes.

- Pero aquí me apareces con el circulito verde.

- Porque estoy conectado... bueno, no pasa nada, ¿qué necesitas? ¿estás bien?

- Sí, hijo, sólo quería charlar un poco, ¿has descubierto algún planeta nuevo? - pregunta entre risas.

Francisco también ha aprendido a manejar el email y el Whatsapp, y a mirar noticias por internet, así que cuando ve algo interesante se lo manda a su hijo. Al principio le enviaba sólo cosas recientes y relacionadas con el espacio y las motos, pues sabía que eran de su interés. Poco a poco, se han ido colando vídeos de perritos, de esquiadores y de canciones antiguas, junto con memes de fútbol, noticias obsoletas sobre bacterias desconocidas y recetas de cocina macrobiótica. Fran ha dejado de contestar "uy, qué interesante" a todo, pero está encantado con la curiosidad de su padre y las horas que pasa leyendo todo aquello y recordando cómo copiar los enlaces para enviárselos. A veces, Fran lo sabe, tiene que recurrir a los manuales que le envió al principio del confinamiento.

Paso 1, toco en el icono "Google".

Paso 2, toco en el rectángulo vacío y escribo en el teclado lo que quiero buscar.

Paso 3...

Emilio, 91 años

Se recupera sorprendentemente del virus en un hospital de Oviedo. La primera videollamada que recibe en su habitación le parece tan extraña que lo primero que pregunta a su nieto es "¿en qué canal de la tele estáis para veros y escucharos mejor?"

Tras los primeros instantes de no saber hacia dónde mirar, si debe acercar la oreja al móvil o si tiene que hablar muy alto, la felicidad de ver a su familia borra por completo la angustia de su casi superada enfermedad. Por supuesto, para su familia, verle la carita entusiasmada y por fin llena de color, espanta la pena por no estar a su lado.

Aunque la pandemia y el confinamiento han sido muy duros para la gente mayor, la tecnología ha significado la diferencia entre el aislamiento y la conexión. Por misterioso que pueda parecerle a los abuelos, el avance tecnológico ha desahogado la presión del camino que muchos han tenido que hacer en solitario o sin sus más allegados. El verbo ACERCAR se queda corto para lo que ha conseguido internet y los aparatos electrónicos en esta situación tan difícil que nos ha tocado vivir. Basta con imaginar que todo esto hubiera ocurrido hace 20 años, o quizás menos. Gonzalo, Asunción, Francisco, Emilio y tantísimos más, dependiendo casi únicamente del teléfono fijo, de la voz, del oído, de la memoria.

Curiosamente, a la gente muy joven le cuesta entender que la tecnología sea un misterio. No comprenden cómo es que sus abuelos no saben lo que es FaceTime, o cómo subir un vídeo a Instagram. Es fácil y natural para ellos medir las fotos en megas o el amor en likes, pero no comprenden que no siempre fue así, que antes las fotos se medían en centímetros y el amor en gestos. Hasta la tecnología que a los más jóvenes les parece básica, intuitiva y simple, hay que explicarla a los abuelos muy despacio y, seguramente, muchas veces.

Hacerse entender no siempre es una cuestión de paciencia, pues muchos la tienen. Más bien es cuestión de ponerse en el lugar de la gente mayor y pensar en cómo se vivía antes, lo físico y palpable que era todo y cuán despacio cambiaban las cosas en ciertos aspectos.

Sin irnos tan lejos como los vinilos, a gente como Asunción le resulta muy complicado imaginar cómo han reducido tanto el tamaño de los cds para que quepa toda esa música en un pendrive. Y es que antes las cosas ocupaban mucho sitio, mucho espacio físico. Ahora flotan en el aire, invisibles a los ojos. Antes podías tocar, almacenar y etiquetar (con una etiqueta adhesiva) casi todas tus pertenencias - tus libros, tus discos, tus revistas - ; podías escribir con bolígrafo sobre una cinta de casete, y rebobinar con ese mismo bolígrafo. Ahora no está muy claro qué es eso de rebobinar.

Si pones a Emilio frente a una canción de iTunes en tu móvil y le pides volverla a escuchar desde el principio, lo que menos va a imaginar es que tiene que tocar la pantalla y deslizar un dedo por ella. Sin embargo, su nieto da por sentado que tocar una pantalla significa mucho más que simplemente sentir un tacto suave en la piel.

La sobrina de Gonzalo no se ha parado a pensar en lo absurdo que puede parecerle a él la frase "ponte las gafas, que te llaman."

(Inspirado en historias reales)


Imagen de Georg Arthur Pflueger

L
hace 1 año

Es tan real este texto que por eso emociona más. Los avances tecnológicos han hecho que para muchos sean como el horizonte:imposible de alcanzar. Pero el texto también habla de solidaridad (otra forma del amor) de los más jóvenes para ayudar a los ancianos analógicos en estos momentos. Cuando estos dos mundos se acercan surge una chispa de luz que nos ayuda a seguir caminando. Algunos la llaman esperanza.

M
hace 1 año

Buenísimo... sencillamente buenísimo...

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